La radiación ultravioleta es generada mediante lámparas de vapor de mercurio a muy baja presión cuya potencia puede alcanzar hasta 200 vatios y cuya duración media de vida es de 2000 a 4000 horas. Las longitudes de onda a las cuales trabajan estas lámparas están comprendidas entre 200 y 300 nm, correspondiendo a la máxima acción microbicida a 250 nm.
El agua a tratar debe circular por las proximidades de la lámpara, en una corriente del menor espesor posible, ya que los rayos ultravioleta son absorbidos rápidamente por el agua, la cual deberá ser completamente clara. La luz ultravioleta puede destruir una célula, retrasar su crecimiento o cambiar su herencia, por medio de una mutación genética. La dosis de radiación y las partes de la célula que reciben esta energía, determinan cual de los tres efectos tiene lugar.
Este tratamiento no genera sabores desagradables ni sustancias secundarias indeseables durante el tratamiento de agua potable. Además, la radiación UV presenta un efecto virusida que no poseen los compuestos clorados.
Una limitante de esta técnica es que no se puede monitorear instantáneamente los efectos en la calidad del afluente, como se hace para el cloro u ozono residual; además, tiene un alto consumo de energía por lo que el costo es alto, pero su ventaja es que no deja efecto residual.
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